Todo empezó con la temida ducha helada a primera hora de la mañana. Vivir en Vigo tiene infinitas ventajas, pero la humedad de nuestras mañanas gallegas no perdona cuando, de repente, te quedas sin agua caliente. Tras varios intentos frustrados de reiniciar nuestra vieja caldera Junkers y escuchar un traqueteo metálico interno que no presagiaba nada bueno, la decisión estaba tomada. Esperar días a que un técnico tuviera un hueco en su agenda para desplazarse a casa no era una opción viable si queríamos sobrevivir a la semana. Así que, armado con un juego de llaves inglesas, un par de tutoriales en vídeo y bastante paciencia, logré cortar el agua y descolgar el pesado armatoste de la pared de la cocina.
El siguiente paso era la logística. ¿Quién me iba a decir que terminaría haciendo un pequeño viaje por carretera con un electrodoméstico estropeado como copiloto honorífico? Envolvimos la caldera en un par de mantas viejas para proteger el maletero del coche y la acomodamos lo mejor que pudimos. Mi pareja y yo decidimos que, ya que teníamos que hacer el trayecto hasta el servicio técnico oficial en Sanxenxo, al menos aprovecharíamos la mañana para cambiar de aires. Por supuesto, nuestro labrador color miel, Leo, no se iba a quedar atrás. En cuanto vio el movimiento de las llaves y el coche, ya estaba sentado junto a la puerta moviendo la cola, completamente ajeno al drama doméstico de la falta de calefacción.
Cruzar el puente de Rande siempre es un placer visual, aunque esta vez la banda sonora del viaje incluyera los ocasionales crujidos de la chapa de la caldera cada vez que tomábamos una curva un poco cerrada. Dejar atrás la ría de Vigo y adentrarnos hacia el valle de O Salnés transformó lo que iba a ser un trámite tedioso en una excusa perfecta para hacer kilómetros. La ironía de la situación no se nos escapaba: estábamos realizando una escapada hacia uno de los destinos más codiciados de las Rías Baixas no para disfrutar de un fin de semana de relax, sino para suplicarle a un técnico que resucitara nuestra fuente de agua caliente.
Al llegar, dejamos el bullicio habitual de las zonas más céntricas y nos dirigimos hacia la nave donde se encontraba el servicio técnico junkers en Sanxenxo. Bajar la caldera del maletero fue casi tan cómico como subirla, pero finalmente logramos depositarla sobre el mostrador. La mirada del técnico, una mezcla de comprensión y sorpresa al vernos llegar con el equipo a cuestas, lo dijo todo. Tras una rápida inspección visual y un par de comprobaciones, nos dio el diagnóstico preliminar y prometió tenerla lista en unos días.
Con el peso de la avería fuera de nuestros hombros, el viaje de vuelta tomó un cariz muy distinto. Antes de arrancar de nuevo hacia el sur, decidimos acercarnos a las inmediaciones de la playa de Silgar. Mientras dejábamos que Leo estirara las patas por la arena y nosotros respirábamos la brisa limpia del Atlántico, pensé que hay peores excusas para visitar Sanxenxo en mitad de la semana. Ahora solo quedaba cruzar los dedos, calentar agua en ollas un par de días, y esperar la llamada del taller para repetir la excursión, esta vez, con un final feliz y cálido.