Cómo abordar las preocupaciones emocionales para recuperar la estabilidad diaria

Psicólogos

El estrés se me coló en la vida casi sin darme cuenta, como un invitado que llega sin avisar y se queda más de la cuenta. Entre el trabajo, las facturas y esos días en que todo parece salir mal, empecé a notar que no estaba rindiendo como antes y que hasta las cosas pequeñas me ponían de los nervios. Fue entonces cuando decidí buscar ayuda y di con un psicólogo ansiedad en Pontevedra que me abrió los ojos sobre cómo el estrés no solo te fastidia el día, sino que te va desgastando poco a poco si no lo enfrentas. Así que me tiré de cabeza a entender qué lo causa y cómo ponerle freno antes de que me gane la partida.

Las razones detrás del estrés son un lío, la verdad. A veces es el jefe que aprieta con plazos imposibles, otras es esa pelea tonta con un amigo que te deja pensando toda la noche. En mi caso, me di cuenta de que cargar con demasiadas cosas a la vez me tenía al límite, y el cuerpo no tardó en pasarme factura con dolores de cabeza y noches en blanco. Hablarlo con el psicólogo me ayudó a ver que no soy un superhéroe, y que está bien parar un segundo a respirar. El impacto en el trabajo fue lo que más me sorprendió: cuando estás tenso, hasta el correo más simple se siente como una montaña, y en casa ni te cuento, porque llegaba de mal humor y pagaba el pato con quien no lo merecía.

Lo bueno es que hay formas de darle la vuelta al asunto, y una de ellas es contar con alguien que te guíe. Las sesiones con el psicólogo no son como me las imaginaba, nada de divanes raros ni silencios incómodos; es más como charlar con un colega que sabe escuchar y te da pistas para salir del hoyo. Me enseñó a identificar cuándo estoy a punto de explotar y a usar trucos como enfocarme en una cosa a la vez en lugar de querer resolver el mundo en un día. También me animó a probar ejercicios de relajación, como respirar profundo mientras cuento hasta diez, algo que suena tonto pero que me ha salvado de más de un ataque de nervios en el tráfico.

Hablando de relajación, meterle mano a esas técnicas ha sido un descubrimiento total. Al principio me costaba sentarme cinco minutos sin mirar el móvil, pero ahora hasta disfruto de cerrar los ojos y dejar la mente en blanco un rato. Otro día probé caminar por el parque sin prisas, solo escuchando los pájaros, y aunque suene cursi, me sentí como si me quitaran un peso de encima. El psicólogo me dijo que no hay una fórmula mágica, que cada uno encuentra lo que le funciona, y yo estoy en esas, probando hasta dar con mi combinación ganadora para no dejar que el estrés me mangonee.

A medida que voy pillándole el tranquillo, noto que las cosas no me afectan tanto como antes. No es que el estrés haya desaparecido por arte de magia, pero ahora tengo herramientas para no dejar que me arrastre. Charlar con amigos que también han pasado por lo mismo me ha hecho ver que esto le pasa a más gente de la que uno piensa, y compartir experiencias me da un empujón para seguir adelante. Poco a poco, voy recuperando ese equilibrio que se me había escapado, y aunque hay días duros, saber que puedo manejarlos me hace sentir más en control.